miércoles, 13 de julio de 2016

Día 10: Salinas, Maras, Moray y Chinchero.

Comenzamos el décimo día en Perú con la intención de empezar a conocer el Valle Sagrado.
Peguntamos en el hotel dónde podíamos coger un colectivo hacía Maras y nos indicaron que desde la estación salían varios, que iban saliendo según se iban llenando.
Así que nos dirigimos hacia allí y antes de llegar a la estación un puñado de chóferes nos asaltaron enseguida preguntando cuál era nuestro destino.
A medida que íbamos andando los precios bajaban un poco y finalmente nos decidimos por el colectivo que estaba a punto de llenarse, así no tendríamos que esperar.
No recuerdo el importe exacto, pero por unos pocos soles, nos pusimos rumbo al cruce de Maras/Moray, donde nos dejaría el colectivo y tendríamos que coger un taxi.
Nuestra experiencia con los taxis en Perú había sido buena en general, hasta que llegamos a Maras y el taxista de turno nos amargó el día.
Se aprovechan en cierta manera de que en aquel cruce hay los taxis que hay, que no son demasiados y nos tocó uno que además de ser la alegría de la huerta, nos racaneaba cada minuto del viaje.
Pactamos con él un viaje a las salineras de Mara y después a las ruinas de Moray todo por 80 soles, que al cambio son unos 22€. 
Nos pareció caro comparando con el resto de viajes en taxi que hicimos, pero tampoco conocíamos las distancias a recorrer y además el señor nos esperaría en cada visita.
El primer destino fueron las salineras de Mara, una sucesión de piscinas de sal dispuestas en la ladera de una montaña que forjaban un paisaje espectacular.

Nos tomamos nuestro tiempo para recorrerlas, aunque pelín estresados, porque el señor taxista nos amenazó con subir el precio por cada minuto de tardanza.
Las salineras son muy chulas y su visita merece la pena. Además por 3 soles nos trajimos a casa un par de paquetitos de sal de la mejor calidad.



Una vez finalizada la visita, hicimos una parada express en la plaza de Maras y pusimos rumbo a las ruinas de Moray.
Plaza de Maras
Las ruinas de Moray nos impresionaron bastante, un conjunto de terrazas dispuestas en varios niveles, como si fueran un anfiteatro.
El clima en cada una de las terrazas era diferente, debido a las diferentes profundidades en las que se encontraban. Esto permitía que los incas experimentaran con diferentes cultivos.



Finalizado el recorrido el taxista se dispuso a llevarnos al lugar en el que empezamos la excursión, el cruce de Maras, donde podríamos coger un colectivo que nos llevara a Chinchero. 
Me puse a echar cuentas y comencé a negociar con él, que por 10 soles más nos llevó a nuestro destino.

Chinchero resultó ser un pueblo con poca afluencia turística, aunque la cantidad de tiendas artesanales que allí se encontraban indicaban lo contrario.
La verdad es que en nuestra estancia no nos cruzamos con un sólo turista y pudimos disfrutar de la magia de Chinchero para nosotros solos.


Además Chinchero resultó ser un magnífico destino para la compra de souvenirs.
Compramos varios gorros, bufandas y carteras por unos precios ajustados.

Cuando dimos por finalizada la visita, preguntamos en qué punto podíamos coger un colectivo de regreso a Cuzco y en poco tiempo nos presentamos en la ciudad.

Era el momento de encaminarse al centro Quosqo de arte nativo, donde nos deletiamos con un espectáculo que mostraba las diferentes danzas tradicionales del Perú, muy recomendable.

Finalizamos el día con una buena cena en el restaurante Pachapapa, un restaurante de corte italiano cercano al hotel que disponía tanto de una terraza como unos salones muy acogedores y donde las pizzas y el pisco sour estaban de muerte.






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